jueves, 9 de julio de 2009

soñando sueños


Una vez caminando hacia mi colegio me topé con una piedra, ésta piedra no tenía forma, pues su contextura era árida, corrugada y de color grisáceo, de ella salía humo de color azul, al agacharme la tomé y sentí de inmediato su textura fría, la dirigí hacia mi nariz y empecé a olerla, sentía como ese humo azul ingresaba por mis fosas nasales y como le baja temperatura reemplazaba de insofacto las altas temperaturas del interior de mi cuerpo.

Sentí de pronto que mi cuerpo cambiaba, de inmediato bajé la mirada y observé que mis pies se alejaban de mi vista y se hacían más pequeños, sentí un leve vértigo que hizo que me pasará un corrientaza desde los pies hasta la cabeza.

Estuve un rato estático, observando como cada una de mis partes cambiaban, pues ellas se hacían más grandes y anchas; los dedos se me ancharón, la ropa se hacia más pequeña, la camisa se me rompía y la pierna se salía del pantalón

Al pasar un rato pude retomar la conciencia y al escuchar el leve zumbido de una mosca parpadeé y me di cuenta de los cambios que había tenido, sentía que todo lo podía hacer, me sentía grande y de ésta manera solo pensé en una cosa “ir donde mi amor platónico y pedirle que me quisiera” pues había crecido y tenia la figura perfecta que debía tener el novio de esa doncella.

Es así que me fuí corriendo a la sala de profesores, por el camino me topé con un arbusto que tenía unas flores amarillas y sin pensarlo las arranque.

Seguía corriendo y con la mirada fija en la puerta de la sala observaba como ella se dirigía hacia mi, solo esperaba que la profesora de matemáticas no saliera.

Cada paso que daba era como un escalón más que subía en la escalera de la felicidad, la sangre me circulaba más rápido –muchos dirían que por culpa de la correría, pero yo sabia que era por que iba a decirle que la quería- mi corazón palpitaba con más fuerza, pues sentía que se me iba a salir del pecho, las manos me sudaban y la pobre flor sufría las consecuencias de mi fuerza.

De un momento a otro y sin darme cuenta estaba parado en la puerta de la sala de profesores, diagonal allí se encontraba el escritorio de la profe, me dirigí hacia él con la cabeza agachada mirando el suelo, anduve en línea recta sin toparme con nada –ese momento era yo y la profe, pues no escuchaba nada ni sentía nada a mi alrededor- al ver las patas de la mesa al pie de mi zapatos subí mi brazo encima en la meza con toda la fuerza que tenia, pues la pequeña flor que tenía en la mano se hacia más pesada a medida que ella se acercaba a la mesa, era como si la gravedad aumentará a medida que la flor se alejaba del suelo.

Después de poner la mano en la mesa, fui subiendo mi rostro suavemente y al observar el cuello de la doncella que me trasnochaba cerré los ojos y al abrirlos suavemente no mire nada más que el portón del colegio. En ese momento me di cuenta que todo había sido otro de los tantos sueños que he tenido, que yo no era sino un papel tirado en el suelo para la gente que pasaba por allí, pues la gente salía del colegio y hacían lo menos para evitarme. Pero allí estaba yo, con mi uniforme del colegio que hace dos años tenía puesto y en la mano no tenía nada más que una botella del apreciado liquido que me conducía a un mar de sueños fracasados y al frente mío, al otro lado de la carretera se encontraba mi profe, la de matemáticas que caminaba hacia la carretera y a la cual siempre le fui indiferente, hasta cuando yo hacia parte de su curso en tercer grado.

Por: Andrés Liz Motta